
En el desierto de tu propia agonía, se barajan sólo palabras resecas que ni siquiera alcanzan para rescatar tus angustias. Que absurdo tu cuerpo tembloroso, inactivo del abrazo que deseabas, pudriendo aún más tus represiones. Acorazado vives en tus herrajes oxidados y aún te tomas el vulgar derecho, de fantasear vanidades sexuales. Mi cuerpo se ha ido de ti. Mis sueños y hasta la misma muerte de cabellos blancos que imaginábamos.


