lunes, 3 de mayo de 2010

El cartero

Mientras la luz del flexo cuadriculaba las paredes, un cigarro encendido entre los dedos temblorosos, masticaba los últimos minutos de angustia de una noche de desvelo. A la seis de la mañana se encendió el radio reloj. Se incorporó maldiciendo el descontrol de su biorritmo, antes de que comenzaran a sonar el resto de sus meteóricas alarmas: el televisor y el teléfono móvil. Apenas había podido conciliar el sueño. Las turbulencias en su mente eran más aniquilantes que cualquier pesadilla.
Incierto, irreverente y forzoso el destino lo devolvió a su tierra luego de pasar once penosos y solitarios meses en Madrid.
Día 1 de abril. Se levantó sin prisa pero con los nervios de punta. Bebió café, volvió a fumar. Se duchó, volvió a fumar… Fumó dos más en su coche en el trayecto desde Langreo hasta Mieres. Era su primer día de reparto allí. Sabía hacer su trabajo, era rápido, ágil, concentrado. Hacía quince años que era cartero, todo lo que quería era una rutina laboral en su pueblo, cumplir con lo suyo y vivir “acomodado” en sus emociones sin demasiados sobresaltos. Con el abandono de su mujer, a la que había querido con locura, el que lo llevó al mismísimo puñetero infierno de tormentos, ya había sido bastante. Se juró entonces no volver a casarse, ni a enamorarse…
Pocos días antes de volver, en Madrid conoció a una mujer. Fue imprevisto, sorpresivo, impactante… En el único encuentro sexual que tuvieron, los dos se besaron el alma... No hubo tiempo para las palabras, apenas existía la certeza de la despedida, que fue sencilla, sin ceremonias, ni lágrimas. La sonrisa nerviosa, un abrazo apretado y tibio, nada más.
Llegó a la oficina de correos pocos minutos antes que el camión, ahí estaban los que a partir de entonces serían sus compañeros, se movió junto con ellos para realizar la descarga de paquetes, algunos, llenos de cartas. A pesar de sus nervios, una vez más, afloró a sus pensamientos esa satisfacción que le provoca comprobar que aún se escribe tradicionalmente. No era amigo del Chat, apenas usaba Internet y ni siquiera tenía correo electrónico.Todo era desconocido, hasta las calles de Mieres. Ya dentro de la oficina se dirigió a la jefa que le indicó los casilleros y su mesa. Cogió el mapa, ordenó la correspondencia y con un gesto de “estoy perdido” preguntó
— ¿Por dónde empiezo? — Así salió a la calle… Una vez más, hacia lo desconocido, en un día soleado, de los pocos extraordinarios en los que Asturias dibuja caprichosa a su propia bandera. Sudaba. No hacía calor, ni frío. Era el crucigrama que llevaba en el carro que desbarajustaba sus pasos.
Pensó en ella.
Con los días y poco a poco se fue adueñando del lugar y comenzó su juego: Calle Xixón*; Calle Pérez de Ayala, Langreo, Luarca… Como una partida de ajedrez, simple comenzar a mover las piezas si conoces el juego y todo un desafío frente a un nuevo rival. Jaque mate en el último buzón.


Pensaba en ella.


Cada pensamiento era un alarido de nostalgia, un insondable deseo inconsciente de volver a creer, de empaparse los ojos. Un deseo al que no estaba dispuesto, ya había decretado su vida. Rutina. Al fin y al cabo la rutina le ofrecía seguridad. Trabajar, dormir, hacer música, salir a beber, alguna amiga con quién compartir momentos, fumar, aburrirse… un poco morir.Una mañana de orbayü* en la que salió bien preparado con su chubasquero le llamó la atención una carta que venía del extranjero:


"Cristina
Cai* del embruxu* 7º - 33600
Remitente: Manuel, France"


Excepcionalmente tuvo curiosidad. Se dirigió hacia la calle sospechando el portal posible, el único edificio con más de cinco pisos allí. Sería sencillo, mirar en el buzón que dijera Cristina y a continuar. De todos modos era una carta que no podría ser devuelta por falta de datos. El desconcierto fue ver que de los cinco buzones del séptimo piso, había tres con el nombre: Cristina, el “B”, el “C” y el “E”...
La carta parecía moverse inquieta entre los dedos longilíneos de sus manos fuertes y particularmente estéticas. Pulsó los tres timbres, solo contestó Cristina la del “E” pero no conocía a ningún Manuel. Y sintió “algo”, un tibio calor, como un aire de susurros con olor a esperanza. Pensó en ella y como si fuera ella la que empujara su mano, depositó el sobre blanco con el rayado típico en los bordes de vía aérea, en el buzón del “C” -la inicial del nombre de la mujer de Madrid-.Se alejó pensando en la tontería que acababa de hacer y al mismo tiempo en una posible historia de amor. Era la primera vez que se sentía involucrado en una carta, en un trozo de papel que lo inducía a creer en los sueños y emociones de dos personas que pudieron haberse conocido en otro sitio; y enamorado… Tal vez estaba plasmando allí algo apenas manifiesto de lo que comenzaba a sentir… “Ojala me llame” — pensó — sorprendiéndose a sí mismo — En su fuero más íntimo, sabía que había comenzado a echarla de menos desde el mismo momento en que se dijeron adiós. Pero estaba su “decreto” y su contradicción. Los días siguientes fueron un -no poder- apartar de sus recuerdos los ojos y el olor de aquella mujer. Luchando aún con la posibilidad de haberse quedado pillado, caminaba rumbo hacia una destinataria de carta certificada, -aviso de corte del suministro de energía eléctrica-. Pulsó varias veces el timbre, el televisor encendido podía oírse desde afuera, sin embargo nadie contestaba. Otra vez un giro al protocolo y a sus costumbres, de reclamar respeto al trabajador. Era simple: Devolver el aviso con el característico “No responde”. Sin embargo, tuvo una nueva sensación, una fuerza invisible y temblorosa lo llevaba a insistir. Y a la vuelta de terminar su recorrido volvió a pasar por allí. Se acercó, volvió a llamar varias veces, el televisor continuaba dando las noticias de España. Era una casita, el pequeño jardín parecía llorar en la sequía de sus plantas marchitas. Miró todo lo bien que se podía distinguir desde el pequeño y antiguo pórtico de madera hacia la ventana, notó la figura de una persona sentada en un sofá a través del visillo semitransparente. Tal vez tuviera problemas auditivos, entonces decidió cruzar el pórtico, se acercó a la ventana, golpeó con fuerza el vidrio, pero la silueta que estaba dentro ni se inmutó. Tal vez dormía y aún lo extraño de tal situación, se marchó.Al día siguiente pasó otra vez por allí y otra vez la fuerza que lo empujaba… Y otra vez la misma imagen, la misma cadena de TV embarullando el silencio de esa inquietante escena. Volvió a llamar y nada… No contento con ello y ya muy consternado llamó al 112. Todo su cuerpo era un temblor alarmante, una angustia en el pecho que lo asfixiaba. Temió lo peor.Tras todos los procedimientos correspondientes, los agentes de la guardia civil derribaron la puerta y entraron. Comenzó a emanar desde adentro un fuerte y nauseabundo olor fétido. Era una mujer bastante mayor. Estaba muerta. Al cartero le temblaron las piernas, se sintió apenado por no haber echo lo propio el día anterior, pero a juzgar por el olor a descomposición, ese cuerpo llevaría un buen tiempo así. Tuvo que declarar el triste descubrimiento y un transeúnte común fue escogido como testigo de la labor policial. Aturdido llegó a su casa, reblandecido por todos sus sentidos, abatido… y solo. Le pesó el dolor de la vida misma, pensó muchas hipótesis sobre la anciana, cobró vida su soledad, en ella sentada en aquel sofá. Se vio a sí mismo, lloró... ¿Por qué ahora? ¿Por qué codearse con la muerte, por qué pensar que la soledad no es buena cuando había creado su perfecta y sincrónica vida?


Pensó en ella.


Continuará...
< *Pronunciaciones en bable (Lengua asturiana):

Carteru: cartero.
Xixón:
Gijón

orbayü: llovizna muy fina (garúa)

Cai del embruxu: Calle del embrujo

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