viernes, 29 de octubre de 2010

Brujas


—Para practicar vudú y manipular esos fetiches humanoides, antes, deberías saber ciertas cosas —dijo casi en un susurro, la abuela Nicomedes. Pero la oí y en ese preciso instante, confirmé, definitivamente, mis dotes de bruja. Fue entonces, que previo acuerdo del pago dos cigarritos y un chupito de aguardiente por cada clase comenzó la doctrina. A escondidas, comenzamos a reunirnos por las noches, en las que me fue revelando teorías herméticas. Habló de la piedra filosofal, de la materia quinta esenciada, de ancestrales alquimistas… Presa del encantamiento de su voz, agudizaba los oídos para empaparme de tal sabiduría, aunque esperaba con ansias algún tipo de liturgia. —Ya llegará la iniciación, en ceremonia de alta magia blanca —decía y repetía: “Luna nueva bendita, con tus cuatro cuartos crecientes, en tus idas y venidas, tráeme muchas de éstas semillas”

Anoche, mientras escribía este relato, caí en un sueño profundo, hasta que la abuela Nico, cual tromba, irrumpió en la sala:

—Nena, ¡despierta! Es viernes ¡Son las vísperas de Halloween! ¡Ya es la hora! ¡Y por favor, llámame Carmen, gurisa!... que de no haber muerto, nadie, nunca jamás, hubiese sabido que me llamaba Nicomedes—







En recuerdo de mi abuela materna que no conocí Se bautizó a sí misma:
Carmen Cajes. Cuando murió se supo la verdad: Se llamaba Nicomedes Zaragoza.
No era bruja, yo sí.





domingo, 24 de octubre de 2010

Has llegado [Reedición]

Hace un buen rato que no hablo contigo… que no te escribo mi niña… pero eso sí, te abrazo con la longitud de mi brazo extendido en la noche, que se alarga debajo de los sueños de la almohada… Es que el brillo y la quietud de tu mirada en esa foto, me persigue en los silencios más profundos, para que no me olvide, para que no te olvide… Si es el “pucherito” de tu expresión de alondra, asustada por el flash, el que me revive tu inocencia. ¿Sabes? He estado recorriendo en mis senderos de laberintos inmortales, de aquellos dichos que en un e-mail acorazado, a mis amores, les había contado. Cuando no sabía aún a ciencia cierta si había llegado a este pueblo, aunque nunca lo sabré… por mi alma que es golondrina y emigra cuando el calor se apaga… Tuve que descubrir la humedad de la noche condensándose en los cristales, adaptar mi esqueleto… aunque los huesos crujen y se resisten… Entender que era parte del clima y no un llanto por mí… por ti… Tuve que caminar varias veces por las aceras que conducen hasta el otro lado, darme cuenta que no era el senderito aún, de yuyos aplastados por nuestro paso, serpenteados por miles de grillos augurando la entrada de la noche. ¡Ah! También hay un río… el Nalón, pero es angostito y de escasa profundidad, rocoso, como el Nilo. No es como el nuestro, que es el más ancho del mundo, y del otro lado no está la iluminada Buenos Aires… está el otro distrito, a mí… me gusta llamarle “barrio”. Cuando cruzo la calle por el puente y veo alrededor las imágenes de las inconmensurables montañas que rodean el valle, se disparan las sensaciones, y vuelo… Hasta se parecen a las que nos invadían sobre Centinela ¿vos te acordás? Sólo a vos te digo: “vos” aquí. No me costó mucho adaptarme al idioma “extranjero”. Pero vamos a lo que vamos, te escribo hoy porque justo hace un año que llegué a vivir aquí, con gran temor, con ilusión, con expectativas e incertidumbres desmembradas entre el amor, la inconsciencia que me caracteriza y el deseo de apostar por una vida mejor, siempre… Son tus pestañas de azabache que enajenan mi sentido del adulto, que me dejan a la deriva de todas las posibles rutinarias soledades. Y son tus mejillas rosadas, mofletudas, que me siguen haciendo hija, aunque sea madre. Y tus rizos rebeldes los que me impulsan a luchar por una vida, a romper esquemas, círculos viciosos encriptados en legados de familia… Por todo eso te cuido y te protejo, te oigo en las inmensidades de profundas oscuridades ignorantes. Tu vocecita de campana… que me susurra al oído: “llevame al parque de diversiones, subime a los autitoschocadores, no me soltés la mano en la montaña rusa, comprame un copo de nieve… y volemos… volemos…” ¡Ay mi niña! Voy a llevarte. Aunque sea este día, uno difícil, ha dicho la abogado que está complicado el tema de los papeles para legalizarme. Ni tejiendo un discurso por muy hábil mi arte, que va… palabrerío estéril que me deja en el banco de los suplentes, con el bolso al hombro y el título más infame: FORASTERO, SUDACA, INMIGRANTE… Y no me siento más afortunada que los africanos de las pateras empujados por la necesidad; por el hambre. Aunque me digan que a mí nadie me pediría documentos, que parezco europea… bla…bla... Vaya mierda de racismo, xenofobia y discriminación. Y voy a contarte ahora un secreto, muy a pesar de todo ello y aunque ya me lo haya predicho el amigo Jorge, hace casi un año, en sus palabras de experiencia, no por ello menos argentino, caudillo… sotreta:

"...¡¡¡Hermosísima carta!!! … me alegró mucho leerla... aunque no lo sepas aún… “ya has llegado” (con mucho esfuerzo, pero “has llegado”)... ahora te queda lo mas difícil ¡¡MANTENERTE!! y mantener todo lo que has logrado ¡¡¡ MUCHA SUERTE !! te deseo lo mejor, de todo corazón, porque te lo mereces. Un beso. Jorge"

He aquí mi secreto decía el Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos, solo lo hermoso se puede ver con el Corazón”

Y el mío:
He llegado mi niña… has llegado… HEMOS LLEGADO.

Escrito en Asturias - España en Febrero de 2007

De: "Cartas dormidas" - Inédito

viernes, 22 de octubre de 2010

Se me hizo la noche [Reedición]


“Antes de que las nubes se tiñan de rosa, tiene que emprender el regreso a casa.”

Propalándome, con espasmos en el pecho, la garganta reseca y las piernas desvencijadas, precipitada salté las cretonas de mamá. Se entrecortaba el aliento mientras repetía como un mantra: "Que no haya llegado, que no haya llegado". Las nubes eran negras y la amenaza de tormenta se encaramaba más adentro que afuera.
Se me hizo la noche… Y no era la metáfora, desde entonces, es el dicho más oscuro que detona en la memoria. Tenía permiso para jugar, de andar por el barrio, trepar a los árboles, montar en bicicleta, llegar a la playa, e incluso, hasta escaparme de la siesta. Todo, menos, desafiar al crepúsculo.

Diana no se movió, yacía echada en el patio, como en penitencia, al lado de mi padre. Él me miró sin decir nada y la perra escondió el hocico debajo de la pata delantera izquierda… Nunca supe si era zurda o si se mimetizaba con papá. "¡Uf, me salvé!" dije para mis adentros y emprendí la rutina nocturna: Calentar agua, una buena lavada en el latón y ponerse el pijama. Dejar la ropa preparada sobre la silla para la mañana siguiente, la túnica blanca ¡y no olvidarse de la moña azul! suponía una importante reprimenda de la directora de la escuela “Es una ofensa a la bandera” decía–. Luego la cena, e inmediatamente hurgar en búsqueda de un nuevo libro que sosegara los últimos hálitos de mi infante verborrea.
En cuatro patas me deslicé debajo de la cama matrimonial “No te ensucies el pijama” refunfuñó mamá.

Ávida de mitos y leyendas, tironeé con fuerza de la pesada y antigua valija donde conversaban en voz baja, Dante Alighieri, Ágatha Christi, Julio Verne, Horacio Quiroga y otros… Hasta que los enormes pies, dueños de los pasos de mi admiración profunda, eran, en ese momento, el obstáculo sugerente de que algo, andaba mal. Alcé la vista al mismo tiempo que su mano, aunque cálida, inmutablemente me detenía.

"Por una semana, le está completamente prohibido usar la biblioteca, señorita"

***


A partir del 18 de Octubre de 2010, mis escritos están dedicados a María Cuitiño (Mariucha) mi maestra de primero, quien realmente me enseñó a escribir.
Danik Lammá

jueves, 14 de octubre de 2010

Marioneta fiel

Imagen diseño exclusivo by DamasArt©  para "Marioneta fiel"

Había aceptado cumplir el rol del muñeco. El hombre ya lo había agotado todo. Maldijo a Dios y a la ciencia… Alguna vez incluso, pensó hasta en vender el alma al diablo. Y como contrapartida, también se hincó de rodillas en devota oración. Pero todo seguía igual. Cada noche, aún cansado por la faena del día, al regresar a casa, comenzaba con el extenuante ritual para transformarse. El polvo opaco era imprescindible, le ayudaba a disimular el sudor del estrés. Luego el lápiz que compró en MAC, el Powerpoint eye pencil.  A prueba de agua. Con acabado mate. De aplicación suave. No se mueve y se mantiene durante horas”…Recordaba la voz de la vendedora, mientras dibujaba la expresión de marioneta. Y las sombras. Y las pestañas verdes del añejo carnaval… Ya era todo un experto en productos de maquillaje. No había tiempo para ver películas ni fútbol ni noticias. Tardaba el tiempo justo para meterse en la cama, donde lo recibía, llenita de amor y ternura, Dalia, su amada esposa. Y para acabar el ritual, la abrazaba y le cantaba, hasta que quedaba profundamente dormida. Al menos ahora, podía yacer junto a ella. Antes, creía que él, era el perchero de la entrada.

martes, 12 de octubre de 2010

Que las hay, las hay…


Había aceptado cumplir el rol del muñeco. Juan, treinta y tres años, actor. Volvía al teatro luego de su larga reclusión para recuperarse de adicciones varias, las que comenzaron con el alcohol, a los veintinueve, cuando apareció degollado en la escalera, su inseparable amigo Chueco, el perro.
Recuperado y aunque tembloroso por la emoción y los nervios, se lanzó al escenario. Un éxito. El público, a pesar del intenso maquillaje que le ocultaba por completo las facciones del rostro, vitoreaba su nombre ¡Juan! ¡Juan! vanagloriando el regreso.
Pocos días después del estreno, en ventanilla del teatro podía leerse:
“Obra suspendida por duelo”
Y en los periódicos, el titular:
“Macabro hallazgo, aparece actor muerto, clavado con alfileres”.

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